Empecemos por recorrer la ciudad dónde nadie a entrado. Su nombre no es olvidado pero tampoco se sabe, con la monotonía de la vida urbana se perdió la fe en ella. Sus ciudadanos están confundidos, sus mentes están estrechas y la melancolía reina en aquel sitio por la perdida de aquella fina criatura de la que ya no se habla más. El nombre de aquella especie no puede pronunciarse más, pues se oculta bajo el firmamento, así que no debe venir, ya no se sabe que hará cuando se aparezca por el fracaso que fue su última elección.
Emilia está por levantarse, es el primer día del año y ahora recuerda destellos de lo que sucedió en sus trecientos sesenta y cinco días pasados. No olvida el aroma de la lluvia de julio o los racimos de epazote que comenzaban a crecer en la casa de su madre en marzo.
Su cuerpo se despierta con el frío detestable del retrete en la mañana a la hora de sentarse para comenzar su día como todas las personas de ciudad. Es el primer día sus pensamientos vagan por lo detestable del mes de noviembre y decide que ya no buscará información de aquél ser que se oculta bajo el firmamento. Aunque aún desea saber que historia está detrás de ese ser innombrable.

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